by AUTODOMINIS
EDITORIAL

"El fantasma de la máquina"


Los dispositivos ADAS (Advanced Driver Assistance Systems) traen consigo muchas cosas buenas a costa de una mala que es ley de vida: a cada generación, más débiles.
Cuando yo me saqué el carnet de conducir, se contaban con los dedos de una mano los coches asequibles que contaban con dispositivo ABS. No hablemos ya del control de tracción, que comenzaba a aparecer casi de forma experimental en modelos deportivos de campanillas. Es más, mi primer coche ni siquiera contaba con dirección asistida, tenía cuatro velocidades y sólo dos retrovisores, el central y el del lado izquierdo.

Por tanto, la integración vehículo/conductor era completa. Lo que ahora se llamaría una “experiencia inmersiva total”, de realidad aumentada para arriba. Tú eras el dueño de tus designios y tu supervivencia como conductor –abollón arriba, abollón abajo-, dependía de tus conocimientos adquiridos y de tu pericia a la hora de manejarlos. Mil ojos a los espejos, tacto de seda con el embrague a la hora de iniciar la marcha, cuatro referencias claras al aparcar marcha atrás, dedo sobre el mando de las luces largas en calzadas mal iluminadas, frenar siempre antes de la curva, aprender a contravolantear en calzadas mojadas, ojos de halcón para atisbar las luces de freno que se encendían en lontananza… Eso y mucho más, era conducir en una época no tan lejana.

Ahora, me siento más un pasajero de cada nuevo producto en el que me siento… iba a escribir “a los mandos”, pero más bien diré “en el asiento que tiene los mandos delante”. Control de carril, avisador de salida del trayecto, detector de objetos en el ángulo muerto, frenada de emergencia, Hill Holder, lector de señales de tráfico, programador de velocidad adaptativo, detector de fatiga, sistema de luces automáticas, cámaras y más cámaras y algunas con infrarrojos, sensores de parking, sistemas de aparcamiento automático, cambios automáticos de tropecientas relaciones, indicadores de eficiencia energética… todo eso está muy bien, y por eso tenemos los coches más seguros de la historia pero a costa de ser unos conductores netamente peores puesto que cada vez se nos necesita menos. Yo mismo, cuando me bajo me uno de estos productos y me toca subirme a un “hierro” con más de 35 años por algún tema de clásicos, me siento torpe, lento, incómodo, perdido, inseguro… Asustado.
Afortunadamente, gracias a mi experiencia con estos viejos cacharros e incluso con las motos, en las que aunque cada vez también hay más ayuda siguen siendo bastante “manuales”, el apretón me dura no más de cinco o diez minutos, a lo sumo. Pero ahí está, el abismo que pone de relieve la debilidad que ahora exhibimos como conductores. Somos una sombra, un espectro de lo que fuimos.

Pero no pasa nada, todo avance es positivo y los viejos tiempos no van a volver, o sí, como le sucedió a un conocido que me llamó asustado hace pocas fechas porque se le había encendido el testigo de fallo del ESP en su coche, y estaba acongojado por el peligro que implicaba volver así con él hasta a casa. Le recordé que tenemos más o menos la misma edad y que ha conducido más tiempo sin ese sistema que con él, le convencí, se armó de valor y llegó a su hogar sano y salvo. Y bueno, esa semana hizo otros 300 kms “jugándose la vida” hasta que le recepcionaron el coche en el taller.

Anécdotas aparte, yo veo muy bien la incorporación de sistemas de seguridad de última hornada en nuestros automóviles, incluso asumiendo el peaje de la falta de simbiosis con el conductor, pero existe el peligro de creernos mucho mejores conductores de lo que en realidad somos, incurriendo en situaciones complicadas de las que no sabremos salir o depositando excesiva confianza en dispositivos electrónicos que pueden fallar –y efectivamente, lo hacen. Al menos, y hasta que los coches definitivamente conduzcan por sí mismos –que será el día en el que yo, obviamente, me retire-, nuestro aporte a los ADAS debe ser un plus de atención, un extra de prudencia y de control, demostrando que en mayor o menor medida, “el fantasma de la máquina” sigue llevando los mandos.





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