by AUTODOMINIS
EDITORIAL

"Economía limosnera"


Toda ayuda, en tiempos de carestía e incertidumbre, es y debe ser bienvenida. Pero cuando esta práctica se convierte en la base de toda política económica, el desastre está servido.

Hace pocas fechas leía una breve historia de Juan Limosnero, cuya onomástica se celebra el 23 de enero. Su santidad es asunto controvertido pues la propia iglesia le tachó en su día de hombre “poco docto y poco elocuente” para más tarde ponerlo, no sin cierta condescendencia, como “un insensato con los pobres como amos”.

Y es que este chipriota del siglo VI que por una caprichosa jugada del destino llegó a ser patriarca de Alejandría, tenía como premisa única y fundamental repartir toda la riqueza entre los más necesitados. Sin hacer preguntas ni poner reparos. Así dispuesto, cuentan las crónicas que más de un “pobre” una vez recibida su limosna “cambiaba su ropa y volvíase a la cola” para recibir una segunda ronda, y una tercera y tal vez otra hasta echar el día. Por otro lado, los “ricos”, también acudían a pedir “ayudas” para así recuperar lo que en un primer momento habían cedido en impuestos. Cuando sus consejeros advertían a Juan de la estafa, él se escudaba en una historia de fe muy bonita pero poco acertada: “tal vez sea el espíritu de Cristo el que les lleve a realizar tales obras”.

Así las cosas el sistema no tardó en quebrar, y de aquellos polvos estuvieron varios años limpiando lodos. Quizá por eso su canonización está en fase de precongregación desde hace años…

Esto me viene al pelo para hablar, de manera sucinta, de la situación en la que nos encontramos. Una situación en la que nuestro excelso gobierno apuesta por las ayudas, subsidios, subvenciones, paguitas y demás en lugar de coger el toro por los cuernos abordando planes de mayor calado con los que salir de una coyuntura desfavorable poniendo las bases para no caer de nuevo en la trampa.

El asunto de los trasportistas, los que a riesgo de su salud nos siguieron abasteciendo en lo más duro de la pandemia, alcanzó cotas de surrealismo nunca vistas cuando, tras ningunearles primero e insultarlos después, se reunieron con los que no eran para concederles unas ayudas que los interesados no habían pedido. Que si tropecientos mil millones –que van a salir de tu bolsillo, del mío y también del suyo- para no sé qué y no se cuántos. Como la cosa no funcionó los mismos lumbreras con cargo aparecieron, desafortunadamente, con otra ocurrencia. Lo de los 20 céntimos de descuento por litro de combustible, más confuso que la puñeta y que obliga a las estaciones de servicio a adelantar dinero hasta que el ejecutivo haya recaudado lo suficiente –de nuevo de nuestro bolsillo- para pagar la subvención.
La historia de siempre de “tú me das 6 donde antes me dabas 4, yo te devuelvo 2 en ayudas y tú me das las gracias”.

¿Y no sería más fácil limitar, rebajar o eliminar los impuestos encadenados del combustible? También por tiempo limitado, si quieres, pero a estas alturas es obvio que para nuestros mandatarios el enunciado “bajar impuestos” está a la altura del sortilegio exorcista “vade retro Satanás”.

¿El campo? ¿Nuestro maravilloso e imprescindible campo que nos da de comer? Pues que sigan perdiendo dinero y si eso ya que pidan un crédito agrario o esperen la ayudita de la PAC. ¿El mar? Que les f*lle un pez, que ni para sacar los cuerpos del Villa de Pitanxo tenemos. Que den las gracias las familias por el subsidio que les va a quedar.

¿Pero hombre, no se puede echar una mano en la negociación de los precios de la leche, fruta, grano, etcétera para que todos salgan –salgamos- ganando? Pues no, que si otros cinco mil millones de trillones en ayudas directas –de nuevo del bolsillo de todos, incluidos los europeos- para tal y cual. Unas “ayudas directas” que, dicho sea de paso, en el caso de los damnificados por el volcán de La Palma, gran parte de ellos aún están esperando.

¿Y mi sector, el de la automoción? Las factorías se ahogan con facturas de la luz y del gas desorbitadas y faltan materiales cuyo precio se ha disparado, por no hablar de la crisis del chip que aún colea. Y es nuestra principal exportación. No nos podemos permitir fallar en este punto. Tranquilos, se va negociar otro “paquete de ayudas”. ¡No me fastidies hombre! ¿Otra limosna a pagar entre todos?

¿Por qué no eliminas tributos a la energía en la industria? Ah, vale, “vade retro”. Pues, ¿por qué no aclaras a los ciudadanos qué coche se pueden comprar de verdad y te dejas de pajas eléctricas eco suicidas? Da tranquilidad al consumidor en el producto que va a escoger y en que, efectivamente, lo va poder pagar, dejando un poco más de dinero en su cuenta -y no en la tuya- y facilitando que el crédito fluya sin miedo en caso de tener que financiar. Afloja un poco con el petróleo ruso, las sanciones, la guerra, la catástrofe climática y los tipos de interés. Que de todas formas, gracias a la inflación, ¡vas a seguir recaudando más!

Y añado: las ayudas a los vehículos eléctricos no están funcionando. Y no sólo porque en algunos casos se demoren cerca de un año en concedértela (mientras que tú ya has adelantado el importe íntegro) y que luego esa subvención juegue en tu contra, IRPF mediante) sino porque son automóviles caros y a no todo el mundo le valen. Mejor bajar la cuantía de la ayuda y extenderla, como por ejemplo se hace en la Comunidad de Madrid, a los coches con etiqueta ECO. O bajarla aún más y hacer que su montante llegue hasta los coches con pegatina C, que son los que más miran la mayoría de españoles a la hora de cambiar de coche.

En fin, la historia en general, no sólo la de Juan el de Chipre, nos enseña que las limosnas generalizadas acaban produciendo más pobreza que la que tratan de solventar. Y las ayudas estatales en el mejor de los casos perpetúan un modelo de dependencia viciado que infantiliza a los ciudadanos o los sitúa en una injusta situación de desvalimiento de la que es muy difícil salir. Y esto está claro. Cosa distinta es que unos no lo vean, y otros no lo quieran ver.





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